-Bip-bip. Suena el teléfono: “<mensaje entrante>. “Hoy hay luna llena. ¿Vienes a verla conmigo?”. Sin dudarlo fue. Llegó y las dos miraron por la ventana mientras llovían ideas sobre el futuro. Nada relevante a priori, pero en el fondo, algo que deseaba que se cumpliera como un deseo que se pide al Genio de la lámpara.-
Sin pensarlo y por dejarse llevar rápido, fue dejando atrás su vida por depositar todo su tiempo en su pareja. Nunca hubo una confirmación oficial de compromiso, pero la trataba como tal: su pareja, el tiempo que estuvieron juntas. Le daba miedo ponerle nombre, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Como se suele decir: nada dura eternamente. Y esto no iba a ser menos. Acabó un (buen) día.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Eso pensaba, que nada tenía sentido.
No era lo mismo mirar por una ventana diferente y sin que estuviera ella al lado. Parecía desvanecerse todo día tras día.
Pero no. Eso era una gran mentira creada por la distorsión de pensamientos en su cabeza, provocada por la situación. Se sentía sola pero no lo estaba. Se sentía perdida, pero tampoco eso era del todo cierto. Se sentía pequeña pero no lo era. Se sentía desprotegida pero la realidad era que estaba siendo sujetada por muchos hilos tensores que la querían aunque ella no se diera cuenta. Y pasaron los días. Después de embarcarse en alguna breve historia a modo de “tirita” para el dolor, vio que ese remedio, a largo plazo, no servía de nada, porque la tirita se iba despegando de su piel e iba a caer en algún momento, dejando al descubierto la herida aún sin curar. Hubo una ida y venida de personas, trabajo, estudio y, en definitiva, situaciones, hasta que consiguió volver a coger las riendas de su vida.
Le gustaba estar con sus amigos y su familia, pero los fue dejando de lado por pasar tiempo con ella. Igual pasó con dedicar tiempo a sus estudios, hobbies y, en general, a su autonomía personal, que fue decayendo. Pero por suerte y con esfuerzo, lo recuperó. Al principio pensaba que eso era improbable (por no decir imposible), pero de nuevo se equivocaba. Aunque al principio le dio pánico asomar la cabecita de nuevo, lo empezó a hacer con los ojos cerrados y sin esperar ningún cambio. Cuál fue su sorpresa cuando, según pasaba el tiempo, empezaron a ser visible los resultados.
Empezó a sentirse mejor cada día al dedicar tiempo a lo que empezaba a valorar de nuevo: su propia vida. Fortaleció relaciones sociales. Fortaleció el vínculo familiar. Volvió a dedicar tiempo a estudiar lo que le apasionaba. Retomó la práctica de su deporte favorito. Y por último, lo que le supuso uno de los mayores retos de su vida: aprendió a estar sola y a disfrutar de hacer cosas por ella misma, sin compañía sentimental.
A partir de ahí, empezó a descubrirse y redescubrirse. Empezó a entender que la vida se compone de lo que uno quiera que se componga y no de lo que nos vayan dando o quitando. Cada cual es responsable de la interpretación de las cosas que le ocurren o dejan de ocurrir, y desde este punto hay dos opciones: podemos quedarnos buscando una explicación a lo que va ocurriendo, o podemos aceptarlo, atravesarlo y seguir viviendo. Al principio se quedó con la opción fácil: la primera. Después, decidió continuar sus andanzas.
Pasado un (largo) camino de rosas y espinas, ha llegado a un amplio campo de margaritas. Se ha sentado en la tierra, aprovechando que ha vuelto a ver brillar el sol, y ha decidido contaros su historia (a ella siempre le gustó escribir pero no se atrevía a hacerlo más que en la intimidad, hasta que su mejor amiga la animó a hacerlo al decirle que quizás sus historias pudieran ayudar a personas que se hayan quedado estancadas en esa búsqueda de explicaciones de la que hablaba antes).
A día de hoy, puedo decir que es una persona nueva, o al menos, la misma persona pero con nuevos matices y lecciones aprendidas a las espaldas. Ahora no se ahoga en vasos de agua. Ha aprendido a transitar por caminos más o menos espinosos, pero caminos al fin y al cabo. Ha aprendido que de desamor no se muere. Ha aprendido que la soledad no es algo negativo y que se puede sacar provecho de ella. Ha aprendido a esperar y no desesperar. Ahora sabe que no vale más ni menos que nadie y cada día está más preparada empezar a querer y dejarse querer, pero de forma sana y de verdad. Ahora es ella y cada día lo será más. Ahora puede mirar por la ventana y ver la luna a solas.
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