Negro.
Como el de su pelo. Como el de sus ojos. Así quedó marcado el ocho de noviembre
de dos mil catorce en una cafetería del centro de Madrid.
El
frío anunciaba lo que pasaría apenas un rato después. Dos cafés y una carta.
-
Te quiero, decía el papel.
-
Te dejo, dijo ella con otras palabras. – No quiero perderte e igual me estoy
equivocando, pero no puedo seguir con esto.
Esas
fueron sus últimas palabras antes de que una tormenta de lágrimas inundara mi
cara y nos fundiéramos en un largo y fuerte abrazo. No quería que acabara ese
momento porque sabía que era la última vez que iba a poder sentir su
respiración, acariciar su pelo y decirle al oído infinitas veces que la quería,
así que la abracé muy fuerte, como si no hubiera un mañana. Y se fue. Y en ese
mismo instante empezó el drama.
Apenas
dormí esa noche. Trataba de buscar alguna explicación que me convenciera del
por qué, pero no la encontré. A la mañana siguiente, al mirarme al espejo, vi
una cara que no se correspondía con la habitual. Ojeras, ojos tristes,
desesperación, tristeza, mucho dolor y ríos de lágrimas. A priori algo normal:
estaba empezando a manifestarse el dolor emocional ante una pérdida inesperada
y no deseada.
(Dicen
que en una ruptura sufren ambas partes casi por igual, pero yo no estoy del
todo de acuerdo y quiero matizarlo, ya que a lo largo de mi vida he pasado por
más de una relación y he podido estar tanto en el rol de la persona que “deja”
como en el de la “dejada”. Bajo mi punto de vista quien realmente sufre (o
tiene un sufrimiento más intenso) es la persona dejada. ¿Por qué? Porque por lo
general, le llega como un jarro de agua fría, algo inesperado o al menos
indeseado, y tiene que asumir y acatar todo de golpe y lo antes posible ante
una decisión impuesta por la otra persona. En cambio la persona que deja, ha
tenido el tiempo que ha considerado necesario para valorar pros y contras de la
relación, sea del tipo que sea, y posteriormente tomar su decisión: en este
caso, romper).
Pasaron
las interminables horas del día y los días siguientes. Necesitaba (o eso creía)
hacer algo para recuperar a esta persona, sin darme cuenta de que las cartas
estaban sobre la mesa, la partida terminada, y que lo único que debía hacer era
dejar pasar el tiempo y atravesar de principio a fin esa etapa en la que estaba
adentrada. Intenté buscar refugio en amigos, familia, trabajo… pero nada
servía. Ayudaba, si, pero siempre volvía al mismo punto en mi cabeza. Solo
deseaba tener cualquier tipo de contacto con ella, así que empecé a perderme a
mí misma por reencontrarla a ella. Aparentar estar bien, no terminar de creer
en lo que había pasado, insistir en verla y hablar poniendo cualquier tipo de
excusa absurda… Todo, absolutamente todo lo que iba enfocado a acercarme de nuevo
a ella, fue contraproducente. Seguí intentando todo tipo de estupideces pero a
cada paso que yo daba al frente, daba ella diez hacia atrás. Y así hasta que
llegó un momento en el que se perdió en el horizonte de mi campo de visión.
Pasé
del querer verla a toda costa al sentir pánico a frecuentar sitios masificados
o lugares donde era más fácil encontrármela, por el daño que llevaba ya encima.
No quería verla por nada del mundo. No quería saber nada de ella. No quería
saber nada de la persona que en ese momento más daño me estaba produciendo
queriendo o sin querer. (Aquí he de abrir un paréntesis para hablar de algo a
nivel de calle. Cuando en una relación, ya sea de amistad, sentimental…
proyectas toda tu vida en una sola persona, estás caminando al borde de un
precipicio enorme. La vida se compone de muchos factores y si nos apoyamos en
uno solo, en el momento en que éste desaparece, toda la vida se desestructura y
hay que volverla a construir de cero. Esto pasa en el tipo de relaciones que
denominamos “dependientes”. Esa dependencia puede ser por la propia
personalidad de la persona, por hechos pasados y miedos generados, o por miles
de causas. El ser dependiente es algo que puede modificarse. Como de todo, se
aprende. Una personalidad no se puede modificar como tal, pero si se puede
“limar” lo que nos hace daño o no nos gusta. Somos como somos pero cuando algo
de nosotros mismos nos resulta incómodo o nos afecta de alguna manera, se puede
trabajar y cambiarlo. Hablo desde la poca experiencia que pueda tener. El
cerebro es vago, pero con esfuerzo podemos ponerlo a trabajar y conseguir los
cambios que deseamos. Por eso, para evitar llegar a casos extremos como este,
de tener que empezar de cero, es importante pensar antes de actuar, tener unas
prioridades en la vida, aceptar que nos podemos equivocar, apoyarnos en todo lo
que tenemos alrededor sin dejar la esencia de cada una de las cosas o personas
de lado y encaminarnos a construir relaciones sanas con el resto de personas,
con naturalidad y aceptando los cambios que puedan surgir, sin hacer esfuerzos
innecesarios por cosas que no tienen remedio o sentido y levantándonos cada vez
que caemos por el camino).
Entonces
empecé a ser consciente de la realidad. No aceptaba los hechos y lo único que
hacía con mi insistencia era hacerle daño a ella y, lo peor de todo, hacérmelo
también a mí misma. La situación se desestructuró hasta límites infranqueables;
hasta llegar al punto de no poder ni mirarnos a la cara. Cualquier encuentro
fortuito se ha convertido en incomodidad seguida de evitación. Da mucha pena
llegar a algo así con alguien que te ha importado tanto y, por qué no decirlo,
te sigue importando.
Aun
siendo de dos estas cosas no puedo evitar sentirme culpable el menos al
cincuenta por ciento. “Perdónate y sigue tu vida”, dice la gente que me rodea.
A día de hoy he conseguido llegar a la segunda parte de la frase y he seguido
con mi vida: reestructuración de los pilares en los que no conseguía apoyarme,
madurar, redefinir metas y prioridades, proponer nuevos objetivos, fomentar mi
autonomía y naturalidad personales, y reflejar todo ello en las personas que
tengo a mi alrededor.
Llegar
hasta aquí ha supuesto un gran esfuerzo y he de añadir que no he caminado sola
en todo momento y es algo de lo que estoy muy agradecida. Ayuda profesional,
familiar y de amigos ha sido necesaria. Esto no es signo de debilidad. Al
revés. Es haber llegado al límite por haber tratado de permanecer fuerte por
mucho tiempo.
Volviendo
atrás, la primera parte de la mencionada frase aun no la he conseguido llevar a
cabo: perdonarme a mí misma. Aun habiendo escarmentado de todo lo vivido, no he
conseguido concederme ese perdón y tampoco sé si algún día lo conseguiré o
simplemente aprenderé a vivir con ello. ¿Por qué? Le hice daño y me hice daño.
Todo fue sin querer y sin prever las consecuencias, pero los hechos no se
pueden cambiar y el daño ya se ha hecho. El haber aprendido de ello y el
arrepentirse no significa perdonarse. Quizás, a pesar de todo, sigo albergando
la esperanza de poder tener algún tipo de acercamiento a ella. ¿Quién sabe? A
día de hoy es algo improbable (no me gusta la palabra imposible), pero por la
razón que sea, esa mínima esperanza sigue estando latente. Poder verla,
preguntarle qué tal está y alegrarme por ella, porque le vaya todo bien, o al
menos tener la oportunidad de saludarla, aunque sea por los buenos momentos
vividos.
Muchas
veces podemos pensar que una persona nos ha mostrado dos caras y que no sabemos
cuál es la verdadera. Pues bien, posiblemente ambas caras sean reales. Cuando
estamos bien con nosotros mismos y con el resto podemos ser unos cielos, y
cuando nos enfadamos podemos ser unos ogros, pero, ¿por eso somos personas
distintas? No. Somos la misma persona pero manifestando conductas en
situaciones diferentes. Como se suele decir, cada persona es un mundo y cada
uno de nosotros afrontamos las situaciones de manera muy diferente. Aquí entra
la tolerancia y el saber que el que nosotros nos comportemos de una manera, no
significa que los demás lo vayan a hacer igual, y viceversa. Hay que aprender a
empatizar con los demás y saber que toda conducta viene dada por algo
aprendido.
Por
desgracia nuestro cerebro suele memorizar mejor las vivencias negativas y dejar
en segundo plano las positivas. Supongo que será cuestión de protección hacia
uno mismo. Aunque requiere esfuerzo, querer es poder, y en nuestra mano está el
quedarnos con la parte que consideremos mejor.
En
mi caso concreto, estoy trabajando por quedarme con las cosas y momentos buenos
vividos. Los últimos recuerdos de esta etapa pasada son dañinos y me hacen
sentir mal por dos cosas: la primera porque me recuerda lo mal que lo he
(hemos) pasado y el daño que nos hemos podido hacer, y la segunda, porque no me
gusta quedarme con una mala imagen de nadie cuando también hay una más
positiva.
Al
final, la vida consiste en eso, en un ir y venir de gente que llega, permanece,
nos enseña algo, y se va. Todos nos iremos por alguna razón, al igual que
llegamos por alguna otra.
Lejos
de haber querido permanecer o que ella permaneciera, a día de hoy considero que
no se puede luchar contra el destino ni esperar nada de nadie más que de uno
mismo. La vida es una y es demasiado corta, por lo que no nos podemos estancar
en nada más tiempo del que corresponda. Cuando la mochila va llena de piedras
empieza a pesar con el tiempo. Ahí tenemos dos opciones: o seguir cargando la
mochila con todo ese peso, o soltar las piedras sobrantes y seguir caminando
solo con el peso necesario. Yo he tomado la determinación, después de tener la
espalda destrozada por esas piedras, de soltarlas y seguir el camino llenando
la mochila de experiencias nuevas y recuperando también cosas reconfortantes
del pasado.
Terminando
este texto, quiero lanzar un mensaje directo a esta persona y a tantas otras
que se estén o hayan estado involucradas en una situación similar: con alguien
con quien has tenido momentos buenos, a no ser que sea estrictamente necesario,
no merece la pena pasar por más situaciones incómodas pudiendo derivar estas a
un “hola, ¿qué tal?” en un momento dado. El tiempo cura las heridas y se gana
más en salud con una sonrisa que gastando energía en huir o poner cara de
enfado. Al final cada uno tiene su vida, pero eso no quita que no puedas
desearle todo lo mejor a esa o esas personas importantes que pueden serlo o que
lo han sido aunque sea por un momento. En mi opinión, es una conducta mucho más
sana para ambas partes.
Las
personas, en su mayoría, no son malas por naturaleza, y nos pueden gustar más o
menos sus actitudes, pero hay que saber poner todo eso en una balanza, aprender
que todos tenemos derecho a equivocarnos y ver el trasfondo de cada una de las
cosas.
Haciendo
borrón y cuenta nueva, no sin antes haber aprendido alguna lección que me ha
hecho crecer, me quedo con lo bueno de la gente que ha pasado por mi vida y que
por la razón que sea ya no está. Aprender y crecer. Eso es vivir.
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