miércoles, 11 de noviembre de 2015

Asumir y fluir

Negro. Como el de su pelo. Como el de sus ojos. Así quedó marcado el ocho de noviembre de dos mil catorce en una cafetería del centro de Madrid.
El frío anunciaba lo que pasaría apenas un rato después. Dos cafés y una carta.
- Te quiero, decía el papel.
- Te dejo, dijo ella con otras palabras. – No quiero perderte e igual me estoy equivocando, pero no puedo seguir con esto.
Esas fueron sus últimas palabras antes de que una tormenta de lágrimas inundara mi cara y nos fundiéramos en un largo y fuerte abrazo. No quería que acabara ese momento porque sabía que era la última vez que iba a poder sentir su respiración, acariciar su pelo y decirle al oído infinitas veces que la quería, así que la abracé muy fuerte, como si no hubiera un mañana. Y se fue. Y en ese mismo instante empezó el drama.
Apenas dormí esa noche. Trataba de buscar alguna explicación que me convenciera del por qué, pero no la encontré. A la mañana siguiente, al mirarme al espejo, vi una cara que no se correspondía con la habitual. Ojeras, ojos tristes, desesperación, tristeza, mucho dolor y ríos de lágrimas. A priori algo normal: estaba empezando a manifestarse el dolor emocional ante una pérdida inesperada y no deseada.
(Dicen que en una ruptura sufren ambas partes casi por igual, pero yo no estoy del todo de acuerdo y quiero matizarlo, ya que a lo largo de mi vida he pasado por más de una relación y he podido estar tanto en el rol de la persona que “deja” como en el de la “dejada”. Bajo mi punto de vista quien realmente sufre (o tiene un sufrimiento más intenso) es la persona dejada. ¿Por qué? Porque por lo general, le llega como un jarro de agua fría, algo inesperado o al menos indeseado, y tiene que asumir y acatar todo de golpe y lo antes posible ante una decisión impuesta por la otra persona. En cambio la persona que deja, ha tenido el tiempo que ha considerado necesario para valorar pros y contras de la relación, sea del tipo que sea, y posteriormente tomar su decisión: en este caso, romper).
Pasaron las interminables horas del día y los días siguientes. Necesitaba (o eso creía) hacer algo para recuperar a esta persona, sin darme cuenta de que las cartas estaban sobre la mesa, la partida terminada, y que lo único que debía hacer era dejar pasar el tiempo y atravesar de principio a fin esa etapa en la que estaba adentrada. Intenté buscar refugio en amigos, familia, trabajo… pero nada servía. Ayudaba, si, pero siempre volvía al mismo punto en mi cabeza. Solo deseaba tener cualquier tipo de contacto con ella, así que empecé a perderme a mí misma por reencontrarla a ella. Aparentar estar bien, no terminar de creer en lo que había pasado, insistir en verla y hablar poniendo cualquier tipo de excusa absurda… Todo, absolutamente todo lo que iba enfocado a acercarme de nuevo a ella, fue contraproducente. Seguí intentando todo tipo de estupideces pero a cada paso que yo daba al frente, daba ella diez hacia atrás. Y así hasta que llegó un momento en el que se perdió en el horizonte de mi campo de visión.
Pasé del querer verla a toda costa al sentir pánico a frecuentar sitios masificados o lugares donde era más fácil encontrármela, por el daño que llevaba ya encima. No quería verla por nada del mundo. No quería saber nada de ella. No quería saber nada de la persona que en ese momento más daño me estaba produciendo queriendo o sin querer. (Aquí he de abrir un paréntesis para hablar de algo a nivel de calle. Cuando en una relación, ya sea de amistad, sentimental… proyectas toda tu vida en una sola persona, estás caminando al borde de un precipicio enorme. La vida se compone de muchos factores y si nos apoyamos en uno solo, en el momento en que éste desaparece, toda la vida se desestructura y hay que volverla a construir de cero. Esto pasa en el tipo de relaciones que denominamos “dependientes”. Esa dependencia puede ser por la propia personalidad de la persona, por hechos pasados y miedos generados, o por miles de causas. El ser dependiente es algo que puede modificarse. Como de todo, se aprende. Una personalidad no se puede modificar como tal, pero si se puede “limar” lo que nos hace daño o no nos gusta. Somos como somos pero cuando algo de nosotros mismos nos resulta incómodo o nos afecta de alguna manera, se puede trabajar y cambiarlo. Hablo desde la poca experiencia que pueda tener. El cerebro es vago, pero con esfuerzo podemos ponerlo a trabajar y conseguir los cambios que deseamos. Por eso, para evitar llegar a casos extremos como este, de tener que empezar de cero, es importante pensar antes de actuar, tener unas prioridades en la vida, aceptar que nos podemos equivocar, apoyarnos en todo lo que tenemos alrededor sin dejar la esencia de cada una de las cosas o personas de lado y encaminarnos a construir relaciones sanas con el resto de personas, con naturalidad y aceptando los cambios que puedan surgir, sin hacer esfuerzos innecesarios por cosas que no tienen remedio o sentido y levantándonos cada vez que caemos por el camino).
Entonces empecé a ser consciente de la realidad. No aceptaba los hechos y lo único que hacía con mi insistencia era hacerle daño a ella y, lo peor de todo, hacérmelo también a mí misma. La situación se desestructuró hasta límites infranqueables; hasta llegar al punto de no poder ni mirarnos a la cara. Cualquier encuentro fortuito se ha convertido en incomodidad seguida de evitación. Da mucha pena llegar a algo así con alguien que te ha importado tanto y, por qué no decirlo, te sigue importando.
Aun siendo de dos estas cosas no puedo evitar sentirme culpable el menos al cincuenta por ciento. “Perdónate y sigue tu vida”, dice la gente que me rodea. A día de hoy he conseguido llegar a la segunda parte de la frase y he seguido con mi vida: reestructuración de los pilares en los que no conseguía apoyarme, madurar, redefinir metas y prioridades, proponer nuevos objetivos, fomentar mi autonomía y naturalidad personales, y reflejar todo ello en las personas que tengo a mi alrededor.
Llegar hasta aquí ha supuesto un gran esfuerzo y he de añadir que no he caminado sola en todo momento y es algo de lo que estoy muy agradecida. Ayuda profesional, familiar y de amigos ha sido necesaria. Esto no es signo de debilidad. Al revés. Es haber llegado al límite por haber tratado de permanecer fuerte por mucho tiempo.
Volviendo atrás, la primera parte de la mencionada frase aun no la he conseguido llevar a cabo: perdonarme a mí misma. Aun habiendo escarmentado de todo lo vivido, no he conseguido concederme ese perdón y tampoco sé si algún día lo conseguiré o simplemente aprenderé a vivir con ello. ¿Por qué? Le hice daño y me hice daño. Todo fue sin querer y sin prever las consecuencias, pero los hechos no se pueden cambiar y el daño ya se ha hecho. El haber aprendido de ello y el arrepentirse no significa perdonarse. Quizás, a pesar de todo, sigo albergando la esperanza de poder tener algún tipo de acercamiento a ella. ¿Quién sabe? A día de hoy es algo improbable (no me gusta la palabra imposible), pero por la razón que sea, esa mínima esperanza sigue estando latente. Poder verla, preguntarle qué tal está y alegrarme por ella, porque le vaya todo bien, o al menos tener la oportunidad de saludarla, aunque sea por los buenos momentos vividos.
Muchas veces podemos pensar que una persona nos ha mostrado dos caras y que no sabemos cuál es la verdadera. Pues bien, posiblemente ambas caras sean reales. Cuando estamos bien con nosotros mismos y con el resto podemos ser unos cielos, y cuando nos enfadamos podemos ser unos ogros, pero, ¿por eso somos personas distintas? No. Somos la misma persona pero manifestando conductas en situaciones diferentes. Como se suele decir, cada persona es un mundo y cada uno de nosotros afrontamos las situaciones de manera muy diferente. Aquí entra la tolerancia y el saber que el que nosotros nos comportemos de una manera, no significa que los demás lo vayan a hacer igual, y viceversa. Hay que aprender a empatizar con los demás y saber que toda conducta viene dada por algo aprendido.
Por desgracia nuestro cerebro suele memorizar mejor las vivencias negativas y dejar en segundo plano las positivas. Supongo que será cuestión de protección hacia uno mismo. Aunque requiere esfuerzo, querer es poder, y en nuestra mano está el quedarnos con la parte que consideremos mejor.
En mi caso concreto, estoy trabajando por quedarme con las cosas y momentos buenos vividos. Los últimos recuerdos de esta etapa pasada son dañinos y me hacen sentir mal por dos cosas: la primera porque me recuerda lo mal que lo he (hemos) pasado y el daño que nos hemos podido hacer, y la segunda, porque no me gusta quedarme con una mala imagen de nadie cuando también hay una más positiva.
Al final, la vida consiste en eso, en un ir y venir de gente que llega, permanece, nos enseña algo, y se va. Todos nos iremos por alguna razón, al igual que llegamos por alguna otra.
Lejos de haber querido permanecer o que ella permaneciera, a día de hoy considero que no se puede luchar contra el destino ni esperar nada de nadie más que de uno mismo. La vida es una y es demasiado corta, por lo que no nos podemos estancar en nada más tiempo del que corresponda. Cuando la mochila va llena de piedras empieza a pesar con el tiempo. Ahí tenemos dos opciones: o seguir cargando la mochila con todo ese peso, o soltar las piedras sobrantes y seguir caminando solo con el peso necesario. Yo he tomado la determinación, después de tener la espalda destrozada por esas piedras, de soltarlas y seguir el camino llenando la mochila de experiencias nuevas y recuperando también cosas reconfortantes del pasado.
Terminando este texto, quiero lanzar un mensaje directo a esta persona y a tantas otras que se estén o hayan estado involucradas en una situación similar: con alguien con quien has tenido momentos buenos, a no ser que sea estrictamente necesario, no merece la pena pasar por más situaciones incómodas pudiendo derivar estas a un “hola, ¿qué tal?” en un momento dado. El tiempo cura las heridas y se gana más en salud con una sonrisa que gastando energía en huir o poner cara de enfado. Al final cada uno tiene su vida, pero eso no quita que no puedas desearle todo lo mejor a esa o esas personas importantes que pueden serlo o que lo han sido aunque sea por un momento. En mi opinión, es una conducta mucho más sana para ambas partes.
Las personas, en su mayoría, no son malas por naturaleza, y nos pueden gustar más o menos sus actitudes, pero hay que saber poner todo eso en una balanza, aprender que todos tenemos derecho a equivocarnos y ver el trasfondo de cada una de las cosas.

Haciendo borrón y cuenta nueva, no sin antes haber aprendido alguna lección que me ha hecho crecer, me quedo con lo bueno de la gente que ha pasado por mi vida y que por la razón que sea ya no está. Aprender y crecer. Eso es vivir.

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