Unos meses más tarde, llega a casa y con ella, empieza la aventura. Cuatro patas, pelo y ojos negros. Una cara preciosa. Apenas medio kilo. Una buena dosis de carácter y rebeldía. Juguetona, traviesa e inteligente. Muy cariñosa y familiar. La verdad es que lo tenía todo.
Fueron pasando los días, los meses, los años... Y cada vez nos acostumbrábamos más a su presencia. Llegabas a casa y salía a buscarte llorando de alegría. Si veía que hacías la maleta, te seguía a todos lados hasta que se aseguraba de que ella también se iba de viaje. Si la acariciabas, pronto se ponía boca arriba, con toda la confianza del mundo, para que le acariciaras la barriguita. Una gran futbolista que en cuanto agarraba la pelota hasta te regateaba si era necesario para que no se la quitaras.
Y así fue creciendo con nosotros y con el resto de la familia. Ella era una más y me atrevo a decir que la hemos mimado y consentido más que a cualquier nieto su abuela.
Las etapas de la vida pasaban, como ocurre en las personas, y estoy segura de que disfrutó cada una de ellas. Hubo un momento muy bonito en su vida que fue el de ser mamá. Himawary llegó a la familia con los cuidados y descuidados de su madre y la ayuda de los papás humanos.
Pasaron casi catorce años. Teníamos ya a una abuelita que nos seguía dando todo su cariño, pero se notaba que no tenía la energía de antes. Ya iba teniendo sus achaques de la propia edad. Jamás se quejaba porque sí y cuando lo hacía era por alguna razón de peso. En ese sentido era más buena que el pan.
Se iba acercando el momento. Cada vez estaba con menos energía. Los días pasaban aunque quisiéramos parar el tiempo o incluso retroceder en él. Las fuerzas le fueron flanqueando en sentido ascendente, poco a poco y en la línea de no quejarse por nada. Su comportamiento vital fue el de una campeona.
Llegó un momento en el que la vimos recuperar parte de esa energía que la caracterizaba. Optimistas, o mejor, ilusos, empezamos a creer en los milagros. Todo pareció mejorar, pero resultó ser breve y encaminado hacia lo que ninguno queríamos que pasara y pasó.
09-10-2015. Dolly emprendió su camino hacia el cielo de los perros. Nos pusimos muy tristes y nos dolió en el alma su partida. El ser humano es egoísta por naturaleza y nosotros no íbamos a ser menos. Queríamos que se quedara aquí siempre, a la vez que éramos conscientes de que su final no estaba lejos.
La echamos de menos. Mucho. Se hace duro llegar a casa, buscarla inconscientemente y darte cuenta de que ya no está. Mirar al suelo para no pisarla, porque siempre estaba por medio y se metía debajo de los pies. Creer oírla ladrar o soñar con ella... Son cosas habituales que pasan ante una pérdida y que te dejan un sabor agridulce. A la vez, me doy cuenta de que se ha ido, pero no sin antes dejarme unas cuantas lecciones de vida. Gracias a ella, he sabido un poquito más del amor y de la fidelidad. Me ha enseñado a leer sentimientos en la mirada. Me ha demostrado la calma que llega a aportar un abrazo. Pero sobre todo ha hecho que se me grabe una frase en la cabeza: "Disfruta cada cosa que hay en tu vida, por ínfima que te parezca, porque nada dura eternamente y te puedes arrepentir de no haber hecho lo que tuviste en tu mano hacer".
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ResponderEliminarprecioso bea. simplemente precioso
ResponderEliminarme ha gustado muchisimo bea.es cierto todo lo que dices,mi perro partio el 10-09-2015 tras 11 años conmigo y se le echa mucho demenos.porque él ha sido mi amigo fiel.
ResponderEliminarme ha gustado muchisimo bea.es cierto todo lo que dices,mi perro partio el 10-09-2015 tras 11 años conmigo y se le echa mucho demenos.porque él ha sido mi amigo fiel.
ResponderEliminarAnte todo, gracias por leerlo. Me alegro de que os haya gustado y haber podido despertar emociones.
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