domingo, 3 de enero de 2016

La casa empieza por los cimientos.

Siento la necesidad de decir adiós a todo lo que no quiero. Me preguntó por qué lo he estado manteniendo o por qué hasta lo sigo haciendo. Cada cosa tiene su razón, pero una general en común es el "miedo al cambio". Miedo a salir de la zona de confort. Hasta que, llegado un momento, me he hecho otra pregunta: si lo que hay no me aporta nada positivo, ¿qué me queda si lo apartó de mi vida? ¿Pérdida? ¿Vacío? ¿Incertidumbre? Sea lo que sea, me he dado cuenta de que permanecería conmigo un tiempo hasta ser ocupado el hueco por algo diferente. ¿Mejor? No lo sé. Pero de perdidos al río. Permanecer sin cambios solo tiene un camino: que todo siga igual. Por el contrario, cualquier cambio, por mínimo que sea, ya tiene el doble de opciones: de nuevo, que la cosa siga igual porque el cambio no sea el adecuado, o que lo que se desecha sea sustituía por algo positivo que proporcione el bienestar requerido o al menos, que no provoque situaciones negativas.
Me he propuesto salir de la rutina. Fuera días pesados y horas vacías. No aceptar lo que no me haga bien. La vida es una constante toma de decisiones y hay que adquirir experiencia para hacer el trabajo cada vez mejor.
Mirar por mi, primero. Eso es lo que he decidido. La primera: yo. Luego: tú. Ese es el orden. ¿Egoísmo? No. Yo lo llamo sentido común, coherencia, madurez, sensatez...
Tengo que estar lo que sea (bien, a gusto, cómoda...) para poder estar lo mismo, contigo. Lógico, ¿verdad?
Se puede comparar con que, si un tren va por una vía a medio construir, no llegará muy lejos, y por tanto los pasajeros que suban en él, tampoco.
O, ¿una casa se sustentará mejor cuantas más vigas tenga? No. Lo importante es la calidad de ellas.

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