sábado, 26 de septiembre de 2015

Resurgir

Casi un año después sigo preguntándome ¿por qué? Y ¿Como pudimos llegar hasta este punto?
Sin darme apenas cuenta empecé a caminar a su lado. Tenía miedo, pero me cogió de la mano y la tranquilidad empezó a apoderarse de mi. Seguimos caminando, sin soltarnos la mano. El camino no tenía fin, o al menos yo no era capaz de verlo. Tras horas, días y noches, se iban destapando secretos, quitando máscaras y ropa a la vez que ganando confianza, de esa que viene cargada de besos y caricias, de la que engancha y puede convertirse en adictiva. De repente, empecé a ver a mi lado a mi alma gemela, mi confidente, mi apoyo, mi buena amiga y compañera, esa persona especial que nunca quiso ser llamada "pareja" aunque yo la consideraba y trataba como tal. Creo que nunca le faltó nada. Quizás le sobró. No lo sé, y tampoco lo sabré jamás.
Volvamos al camino en el que estábamos. Según avanzaban nuestros pasos a la vez, fuimos saltando obstáculos de vez en cuando. No fue un recorrido muy largo, pero llegó un momento en que los obstáculos eran cada vez más y más grandes, hasta que se hicieron indestructibles. Aún así, pusimos la mucha o poca fuerza que nos quedaba y conseguimos dejar a esos gigantes atrás. Sin darnos cuenta, nos vimos ante un precipicio inmenso. Nos quedamos quietas. La respiración era agitada. La miré, me miró y noté algo distinto en su mirada. Ya no me miraba como antes. Pensé que estaba asustada pero no sabía por qué exactamente. Yo la quería. Nunca se lo dije, pero en ese momento me vi entre la espada y la pared, entre decírselo en ese instante o no hacerlo quizá jamás. Y se lo dije.
Las dos volvimos a mirar el precipicio. Seguíamos cogidas de la mano y le dije que estaba dispuesta a saltar con ella hasta el otro lado. Por muy grande que pareciera, estaba segura de que lo podíamos conseguir. Hice una cuenta atrás y me dispuse a saltar agarrada de su mano, a seguir juntas hasta el infinito y más allá. En el momento en que levanté la pierna para dar aquel salto decisivo, ella me soltó de la mano. Quise retroceder porque pensaba que no podría conseguirlo sin ella. Era algo que habíamos empezado juntas. Pero ya era demasiado tarde. Solo conseguí verla de espaldas, corriendo, desandando nuestro camino. Grité su nombre tratando de retenerla pero ella no me escuchaba. Había tomado su decisión y su nuevo camino. La veía alejarse cada vez más y más...
Permanecí agarrada al borde del abismo aún no recuerdo el tiempo: horas, días, meses... Solo notaba el frío del invierno y las lágrimas que caían por mi rostro. Notaba también que las fuerzas se me iban agotando y no sabía cuanto tiempo podría permanecer allí sujeta. Tampoco sé por qué no terminé de saltar yo sola e hice el amago de volver a buscarla. Confiaba en que algún día volviera arrepentida, o no arrepentida, pero que volviera.
Caí. Fue una caída muy violenta. Dolió más el alma que el cuerpo. Me sentía destrozada. Fue el peor golpe que pude recibir. Un golpe más de la vida, de los que te hacen fuerte (o eso dicen).
Fuera me buscaban, pero nadie se imaginaba que pudiera estar ahí abajo. Yo ya no tenía aliento para gritar de nuevo y decir "¡hey! ¡Estoy aquí!". Familia, amigos... Me buscaban insaciables pero no conseguían encontrarme. Así pasaron largos meses. Aún no sé cómo sobreviví a aquella caída.
La última noche que pasé en el fondo de aquel precipicio, me disponía a cerrar los ojos y abandonarme a mi suerte cuando mi conciencia se armó de valor y me dijo: "¡has permanecido mucho tiempo aquí y no es tu sitio. Deberías ir pensando en cambiar el lugar donde permanecer!". Parecía enfadada y la verdad es que su tono me dio la valentía que necesitaba y empecé a trepar por las rocas. No me había dado cuenta de que la subida era más fácil de lo que yo creía, pero ni siquiera lo había intentado hacer antes.
Regresé arriba. Había un montón de gente buscándome y corrieron a abrazarme. Se alegraron de volverme a ver y estaban dispuestas a ayudarme a curar las heridas de esa mala caída y a estar conmigo en todo el proceso de recuperación.
Y aquí sigo, de pie, habiendo resurgido de mis cenizas como el ave fénix. Vuelvo de vez en cuando a aquel precipicio pero ya sin miedo a caer y sin ganas de quererlo saltar. Solo me siento mirando atardeceres, dejando descolgarse mis piernas y pensando que algo pudo ser y no fue y buscando respuestas que no llegan a mis porqués, a la vez que me cuestiono la existencia del destino.
Una lección más de la vida.

6 comentarios:

  1. Y como lección,será aprendida y nos ayudará a crecer y a formarnos como personas.
    Cuando te sientes en ese principicio recuerda que hay colinas y montañas esperando que las visitemos..muuak

    ResponderEliminar
  2. Y como lección,será aprendida y nos ayudará a crecer y a formarnos como personas.
    Cuando te sientes en ese principicio recuerda que hay colinas y montañas esperando que las visitemos..muuak

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  4. Mi granito de arena para Resurgir como el Ave Fénix
    https://www.youtube.com/watch?v=7xsfGRq5v2I
    y Vivir mirando atardeceres con las piernas al vacío mientras encuentras tus por qués
    https://www.youtube.com/watch?v=KINfQbfZwik

    Bienvenida :)

    ResponderEliminar