Se suelen echar balones fuera o tirar la piedra y esconder la mano… ¿Qué quiere decir esto? En definitiva, huir de las situaciones y no afrontarlas. Parece fácil, ¿verdad?
Lo es. Es una situación cómoda. Siguiendo con el refranero, “no mover un dedo” es lo más fácil que se puede hacer. Pensar en cualquier cosa, persona o situación que no tenga nada que ver con nuestra propia persona, es lo que se tiende a hacer. Estoy harta de escuchar frases del tipo: “Vaya rebote ha cogido sin ton ni son”; “Ya se le pasará”; “Ya tiene dos cosas que hacer: enfadarse y desenfadarse”; “Yo no he hecho nada para que se ponga así”.
Pues bien, quizás no estaría de más mirar en el interior de uno mismo ante situaciones de tal tipo. ¿Te tratan mal o directamente, han dejado de tratarte precisamente por no llegar al punto de tratarte mal? Piensa: ¿Cuál ha sido el trato previo que tu has dado? Seguramente, la respuesta a esta pregunta, sea: “Pues un buen trato”. O “yo siempre la/le he tratado bien”. Pero yo, no me lo creo. ¿Por qué?
Pues porque a menudo (casi siempre) no somos conscientes de nuestras palabras, nuestros gestos, nuestro tono, nuestros actos… En definitiva: de nuestra conducta. La tenemos tan automatizada que “mientras nos vaya bien”, no nos molestamos en cambiar absolutamente nada. “Yo soy así, y a quien no le guste, ya sabe lo que tiene que hacer”. Bien, es una de las muchas opciones a la hora de encarar algo. Hay mucha gente en el mundo y “a alguien le gustaré”. “Yo no tengo que cambiar nada por nadie”. En efecto: no hay que cambiar nada por nadie. Pero, ¿y si siendo como eres haces o has hecho daño a gente que quieres, valoras o, al menos, aprecias? ¿Te sientes bien haciendo daño a esa gente? O, ¿y si por culpa de tu conducta has perdido un trabajo, amigos, familiares, etc? ¿Te sientes bien habiendo perdido todo eso? La cuestión es: ¿Me merece la pena seguir así? ¿Me merecen la pena las pérdidas? ¿Hay ganancias? Ojo, que ante algunas pérdidas, las ganancias que se obtienen son mayores y más fructíferas que no habiendo perdido antes. Pero, ¿y si la respuesta a todas esas preguntas es “no”? Quizás sea el momento de sí mover ese dedo.
Muchas personas prefieren la comodidad de no hacer nada ante nada o casi nada, aunque tengan que aguantar la carga de estar dentro de un “algo no va bien”. Suelen estar acostumbradas a que todo pase con el tiempo. Voy a poner un ejemplo: ¿Qué ocurre si tienes en la mano tu taza favorita, se te cae y se rompe el asa? Era tu taza favorita y ahora está rota en dos partes (da gracias de que no se haya hecho pedazos). Aún puedes arreglarla (si quieres). Puedes tomarte la molestia de ir al cajón donde guardas el pegamento y pegarla. O bien, puedes quedarte mirando los dos trozos y pensar que “con el tiempo” y “sin tu hacer nada”, la taza va a volver a ser lo que era. O quizás, no ya lo que era, sino quedarte con la taza sin el asa, pese a que de cualquier manera, en ese caso, no será la misma taza que al principio.
Pues bien, en la vida ocurre exactamente igual. Hacemos, deshacemos, rompemos, arreglamos, etc. Pero no podemos pretender que el no hacer nada, produzca cambios. Tampoco los produce el “hacer como se ha hecho siempre”, puesto que cada acción se corresponde con su respectiva reacción.
Solemos acostumbrar a las personas (y con esto me refiero a acostumbrarnos a nosotros mismos también) a tener paciencia ante determinadas situaciones, a aguantar, a perdonar… pero nada es infinito y no se puede aprovechar uno de las oportunidades que nos dan. Yo te doy una oportunidad, y otra, y otra más si hace falta. Pero si veo que ante esas oportunidades que te estoy dando, no haces por cambiar absolutamente nada, traicionas la confianza que te estoy volviendo a brindar, no quieres mi ayuda o simplemente, te ha entrado por un oído y te ha salido por otro, acabo quemada (yo o cualquier persona que esté ante ello). Y ¿qué pasa cuando se agotan las posibilidades y no has sabido o no has querido aprovechar las oportunidades? ¿Qué pasa cuando alguien se quema? Pensabas que tenías límite infinito de “cagadas“ y que nunca te pasarían factura, ¿verdad? Piensa en un papel y una cerilla. Visualiza ambos: su forma, su color, su tamaño… Piensa ahora en esa cerilla encendida y prende fuego mentalmente al papel. Espera unos segundos y… ya no existe el papel de antes. Ahora solo son cenizas. Intenta recomponer el papel a su estado natural. Imposible hacerlo, verdad? Quizás si hubieras conseguido apagar el fuego mientras estaba quemándose, aún tendrías, aunque sea, un trocito de ese papel (más o menos, dependiendo del momento en el que hubieras apagado a tiempo el fuego). Pero si lo has dejado quemar hasta estar completamente calcinado, ya no hay vuelta atrás. Piensa que tuviste en tu mano no encender la cerilla, apagar antes el fuego, etc. Pero te quedaste mirando cómo ardía. Y con las personas, relaciones, etc. Pasa igual. Una vez que se han quemado por completo, ya no hay vuelta atrás.
Ahora bien, mira dentro de ti. Mira dentro de tus posibilidades. Piensa en lo que tienes, en lo que quieres, en lo que has roto, en lo que puedes arreglar y lo que no. Habrá cosas que no tengan solución y otras tantas que si. Baraja las posibilidades que haya en tu mano y actúa en consecuencia. Nunca es tarde si hay oportunidad. Lo más importante es: aprovecharla.