jueves, 7 de abril de 2016

Palabras a un gran corazón.

La familia se hace, no nace. La sangre no es familia. O bueno, si lo es, pero porque lo dicen los papeles, un registro, etc. Lo que realmente es una familia con significado es aquella que transmite valores, escucha, ayuda, quiere, enseña, cae, levanta… yo tengo a una persona que no tiene mi misma sangre, pero si la misma sangre que su hija y, esa hija, la misma sangre que mi tío. Y podría seguir enredando con juegos de palabras por no decir claramente que, a quien quiero referirme esta vez, es a mi tía “Maye“.
Es alguien muy especial. Un pilar de los que mejor ayuda a sostener las paredes de mi vida. Doy gracias a mi tío por haberla elegido y que ahora sea una Sáiz más (aunque ya era Sáiz, pero de otros Sáiz muy molones también).
Estoy orgullosa de ella. Porque sí. Porque me da la gana y porque se lo merece. Porque gracias a ella, a día de hoy me gusta Laura Pausini. Porque sin su receta, no haría yo era tarta de queso tan rica. Porque sin sus recomendaciones de vinos de la cooperativa, iría a ciegas a comprar. Porque “Si se me caen los pies” ella sabe de cabeza a donde me caigo. No hay cirujano que valga más la pena que ella: te “opera espalda, brazos y hombros” en un momento.
Es una persona maravillosa, con una capacidad empática realmente admirable. No confundamos empatía con simpatía, aunque ella tiene ambas.
Estoy orgullosa de quien es ella, consigo misma y con los demás. Orgullosa y agradecida de toda la ayuda y el apoyo brindado hacia mi.
Sabemos que, no por hablar el mismo idioma, llegamos a saber comunicar o entender. Pero ella tiene una comprensión incondicional. Y ni qué decir de sus valores: los ha sabido y los sabe transmitir a la perfección. Es alguien que sabe ayudarme a hacer balance de las cosas, que sabe hacerme razonar y que me ayuda a hacer mi propio balance, entre el ying y el yang, lo bueno y lo malo, lo que me conviene y lo que no. Me ayuda a mirar hacia ese futuro que tanto miedo me da por el simple hecho de ser, hoy, un desconocido. Quien siempre me encamina hacia el aprendizaje de absolutamente todo. Quien me ayuda a tomar decisiones difíciles. Quien aún a 200 km, es capaz de transmitirme la calma que mi cabeza necesita a veces.
Habremos oído muchas veces aquello de “¿Qué dedo me corto para que no me duela?” Pues bien, efectivamente, cada pequeña parte de ese engranaje familiar es indispensable. Pero con ella tengo una conexión especial. Es un regalo y un orgullo poder hablar de “mi tía”. Es, simplemente, genial.
“¡Te quiero!”

lunes, 21 de marzo de 2016

Tiende la mano.

Aunque no la veáis tirada en el suelo, mirad bien. Igual esa persona también necesita ayuda para levantarse.
Si veis a alguien caído físicamente, seguramente tiréis de él o ella para ayudarle y no lo pisotearéis. Pues bien, con las caídas psicológicas, pasa igual y necesitan la misma o más atención. No se pueden infravalorar (pese a que se hace y no se les da importancia).
Un “ya se le pasará” hoy, sin rascar en lo que hay detrás y creer que es algo nimio, puede ser un “¿por qué no lo tuve en cuenta cuando estaba a tiempo?”, después.
No cuestiones… Escucha. No infravalores… dale el valor que tiene. No juzgues… trata de entender razones. No desatiendas… oye sus peticiones.
Vamos a empezar a cuidar más o, al menos, valorar un poquito, el alma de las personas. De lo que se da, se recibe. Ni más ni menos.

martes, 8 de marzo de 2016

Mira dentro

Se suelen echar balones fuera o tirar la piedra y esconder la mano… ¿Qué quiere decir esto? En definitiva, huir de las situaciones y no afrontarlas. Parece fácil, ¿verdad?
Lo es. Es una situación cómoda. Siguiendo con el refranero, “no mover un dedo” es lo más fácil que se puede hacer. Pensar en cualquier cosa, persona o situación que no tenga nada que ver con nuestra propia persona, es lo que se tiende a hacer. Estoy harta de escuchar frases del tipo: “Vaya rebote ha cogido sin ton ni son”; “Ya se le pasará”; “Ya tiene dos cosas que hacer: enfadarse y desenfadarse”; “Yo no he hecho nada para que se ponga así”.
Pues bien, quizás no estaría de más mirar en el interior de uno mismo ante situaciones de tal tipo. ¿Te tratan mal o directamente, han dejado de tratarte precisamente por no llegar al punto de tratarte mal? Piensa: ¿Cuál ha sido el trato previo que tu has dado? Seguramente, la respuesta a esta pregunta, sea: “Pues un buen trato”. O “yo siempre la/le he tratado bien”. Pero yo, no me lo creo. ¿Por qué?
Pues porque a menudo (casi siempre) no somos conscientes de nuestras palabras, nuestros gestos, nuestro tono, nuestros actos… En definitiva: de nuestra conducta. La tenemos tan automatizada que “mientras nos vaya bien”, no nos molestamos en cambiar absolutamente nada. “Yo soy así, y a quien no le guste, ya sabe lo que tiene que hacer”. Bien, es una de las muchas opciones a la hora de encarar algo. Hay mucha gente en el mundo y “a alguien le gustaré”. “Yo no tengo que cambiar nada por nadie”. En efecto: no hay que cambiar nada por nadie. Pero, ¿y si siendo como eres haces o has hecho daño a gente que quieres, valoras o, al menos, aprecias? ¿Te sientes bien haciendo daño a esa gente? O, ¿y si por culpa de tu conducta has perdido un trabajo, amigos, familiares, etc? ¿Te sientes bien habiendo perdido todo eso? La cuestión es: ¿Me merece la pena seguir así? ¿Me merecen la pena las pérdidas? ¿Hay ganancias? Ojo, que ante algunas pérdidas, las ganancias que se obtienen son mayores y más fructíferas que no habiendo perdido antes. Pero, ¿y si la respuesta a todas esas preguntas es “no”? Quizás sea el momento de sí mover ese dedo.
Muchas personas prefieren la comodidad de no hacer nada ante nada o casi nada, aunque tengan que aguantar la carga de estar dentro de un “algo no va bien”. Suelen estar acostumbradas a que todo pase con el tiempo. Voy a poner un ejemplo: ¿Qué ocurre si tienes en la mano tu taza favorita, se te cae y se rompe el asa? Era tu taza favorita y ahora está rota en dos partes (da gracias de que no se haya hecho pedazos). Aún puedes arreglarla (si quieres). Puedes tomarte la molestia de ir al cajón donde guardas el pegamento y pegarla. O bien, puedes quedarte mirando los dos trozos y pensar que “con el tiempo” y “sin tu hacer nada”, la taza va a volver a ser lo que era. O quizás, no ya lo que era, sino quedarte con la taza sin el asa, pese a que de cualquier manera, en ese caso, no será la misma taza que al principio.
Pues bien, en la vida ocurre exactamente igual. Hacemos, deshacemos, rompemos, arreglamos, etc. Pero no podemos pretender que el no hacer nada, produzca cambios. Tampoco los produce el “hacer como se ha hecho siempre”, puesto que cada acción se corresponde con su respectiva reacción.
Solemos acostumbrar a las personas (y con esto me refiero a acostumbrarnos a nosotros mismos también) a tener paciencia ante determinadas situaciones, a aguantar, a perdonar… pero nada es infinito y no se puede aprovechar uno de las oportunidades que nos dan. Yo te doy una oportunidad, y otra, y otra más si hace falta. Pero si veo que ante esas oportunidades que te estoy dando, no haces por cambiar absolutamente nada, traicionas la confianza que te estoy volviendo a brindar, no quieres mi ayuda o simplemente, te ha entrado por un oído y te ha salido por otro, acabo quemada (yo o cualquier persona que esté ante ello). Y ¿qué pasa cuando se agotan las posibilidades y no has sabido o no has querido aprovechar las oportunidades? ¿Qué pasa cuando alguien se quema? Pensabas que tenías límite infinito de “cagadas“ y que nunca te pasarían factura, ¿verdad? Piensa en un papel y una cerilla. Visualiza ambos: su forma, su color, su tamaño… Piensa ahora en esa cerilla encendida y prende fuego mentalmente al papel. Espera unos segundos y… ya no existe el papel de antes. Ahora solo son cenizas. Intenta recomponer el papel a su estado natural. Imposible hacerlo, verdad? Quizás si hubieras conseguido apagar el fuego mientras estaba quemándose, aún tendrías, aunque sea, un trocito de ese papel (más o menos, dependiendo del momento en el que hubieras apagado a tiempo el fuego). Pero si lo has dejado quemar hasta estar completamente calcinado, ya no hay vuelta atrás. Piensa que tuviste en tu mano no encender la cerilla, apagar antes el fuego, etc. Pero te quedaste mirando cómo ardía. Y con las personas, relaciones, etc. Pasa igual. Una vez que se han quemado por completo, ya no hay vuelta atrás.
Ahora bien, mira dentro de ti. Mira dentro de tus posibilidades. Piensa en lo que tienes, en lo que quieres, en lo que has roto, en lo que puedes arreglar y lo que no. Habrá cosas que no tengan solución y otras tantas que si. Baraja las posibilidades que haya en tu mano y actúa en consecuencia. Nunca es tarde si hay oportunidad. Lo más importante es: aprovecharla.

domingo, 14 de febrero de 2016

Quien no arriesga...

Quizás llega un día en el que te das cuenta de que todo sigue un orden y que ese orden puede ser un círculo, sin principio ni final. Puede que surja una pregunta, busques la respuesta, la respuesta genere otra pregunta, y así, podemos pasarnos el tiempo que sea necesario, hasta decidir que quizás no quieres más respuestas o incluso asumir que hay preguntas que jamás tendrán respuesta.
Como si de un coche se tratase, tiras de freno de mano y aparcas. Ahí se queda el tema: unos instantes, hasta el día siguiente, hasta dentro de un rato, hasta nunca… ¿Quién sabe?
¿Quien sabe los riesgos de cada acción? La vida es una lotería. Un examen en el que a veces, en una pregunta tipo test con tres opciones de respuesta te la juegas. ¿La contesto aun sabiendo que si fallo puedo suspender? Pero, es que, si no fallo, me voy a sentir orgullosa de haber arriesgado.
Pues bien, la cosa está en que, aun sabiendo a lo que te expones, y sabiendo que tienes el 99% de las opciones en contra, decides lanzarte a la vez que asumes que es casi improbable que la respuesta marcada o el número elegido, sea a tu favor.
En la vida, “unas veces se gana y otras se aprende”. A nadie le amarga un dulce. Necesitaba decírselo. Jugarme todo a una. Sabía que un “no” era la apuesta a caballo ganador. Sabía que tenía mucho que perder, pero también sabía que el ganar, dado el caso, iba a ser algo inmenso. Las dudas estuvieron presentes hasta el último momento. ¿Qué hago? ¿Apuesto todo a una o reparto la suerte entre varias cosas de menor valor? Las opciones de ganar “algo” en el segundo caso eran mayores. Pero decidí apostar todo de una vez. En ese momento la ruleta empezó a girar para el lado que no debía, pero yo ya había levantado las cartas sobre la mesa. Y de repente, todo se disipó: el lugar, la ilusión, las ganas… todo menos las dudas. El sí hace brillar. El no, duele. ¿Y la incertidumbre? La incertidumbre es lo peor de todo. Imaginas un no, pero no sabes hasta qué punto. Es difícil lidiar con ella, pero al final, piensas que ante esas nuevas preguntas, hay dos opciones: o seguir buscando sus respuestas, o responderlas azarosamente, a sí mismas, de la manera a la que invita la situación.
Y finalmente, se asume a ciegas que esta vez no ha podido ser. Siempre hay que sacar lo positivo de la situación (que todas lo tienen) y lo de ésta es que, se ha actuado acorde a unos sentimientos, a unos pensamientos… al menos hay una certeza:  dicho queda, ahora ella lo sabe. Ya no hay lugar a dudas por esta parte. Es algo que se necesitaba a pesar de las consecuencias. Apostar por ello aún teniendo que perder. Y así fue, una cosa y otra.
Y la vida sigue, cada uno con la suya. No me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. Tampoco serviría de nada una vez hecho. De lo que si me hubiera arrepentido hubiera sido de no haberlo hecho jamás por el miedo al fracaso. Intentos hay pocos y si no se aprovechan, se pierden. A veces hay que arriesgar. ¿Que sale mal? Llegarán otras ocasiones: otro examen, otras preguntas y otras respuestas. Siempre la misma duda: ¿merece la pena intentarlo? La respuesta suele ser afirmativa.

viernes, 29 de enero de 2016

A vosotros: Gracias.

Hace tres meses empezaba una etapa. Como una niña que va por primera vez al colegio, entré por la puerta, nerviosa por enfrentarme a algo relativamente nuevo. Pero ahí estaba Borja para enseñarme el camino que tenía por delante (y luego, también para meterse conmigo cuando llevaba mi gorro de pompón). Un hombre de paciencia infinita (no sé cómo no le hemos borrado el nombre de tantas veces que lo hemos llamado) y siempre con una sonrisa en la cara. Lo acompaño arriba, me pongo el polo rojo y bajo con él a la tienda. Me deja en información, bajo la tutela de Sara, “profesora” oficial de los novatos.
A Silvia ya la conocía y reencontrarse con gente que conoces hace que la incertidumbre se reduzca. Luego Pedro y María José. No recuerdo el orden en el que los conocí. Así que voy a seguir al azar. Con Pedro ha sido un mano a mano durante toda la campaña. Haz esto. Deshaz lo otro. Quita esa estantería. Vente a bajar la balda. Sube al almacén. Bájame el Falcon de Lego… ¿Quién de los dos habrá ganado la carrera? Porque siempre que nos veíamos íbamos corriendo de aquí para allá. Un trabajo con gimnasio incluído.
¿Y María José? ¿Qué voy a decir de ella? Una gran jefa, y aquí podría quedarme. Pero no. Quiero argumentar que ha sido una gran jefa porque ha sabido compaginar dos cosas muy importantes: disciplina y amabilidad. Cuando he estado codo con codo con ella ha sido muy intenso. Un no parar. Pero, de eso se trata, ¿no? De trabajar. Además, era una sensación genial porque sabía guiarme muy bien hacia objetivos concretos y siempre ponía el punto de humor a mis mañanas. -“Bea, dime tu número para abrir la caja” --“XXXX“ - “Ese no es. Tiene que tener cinco dígitos. ¿Que me estás diciendo, tu contraseña del banco?”. O “Bea, bájame esa caja pero cuidado no se te vaya a caer, que estoy debajo”. (¿A que no sabéis qué pasó con la caja? Efectivamente, la ley de Murphy). Una mujer con una visión holística impresionante: ponla delante de toda una pared de Barbie y en un momento tiene visualizados todos los cambios que se pueden hacer. Una persona todoterreno. Sí, esa es la palabra mágica que explicaría esa energía que desprende.
Por último, y no por ello menos importante, mis compañeros. Algunos más tiempo y otros menos. Me acompañaron en la travesía. Unos pocos (que eran muchos), hasta que llegaron los reyes magos y se tuvieron que ir. Celia, María, Patri, Diego, Paloma etc. Sergio, Luisa… Y en especial (qué le vamos a hacer… dicen que el roce hace el cariño y esto es una prueba de ello) Alba y Ainhoa. Alba, mi vecina de sección. Asomaba la cabeza por encima de los “pe” y la veía ahí luchando con sus súper héroes y sus “Nerf” (por cierto, la Nerf Modulus no la tenemos. Que le quede claro a todo el mundo, que la pobre tiene que estar hasta ahí mismo de repetirlo). A ver quien llegaba primero al almacén para coger antes un carro (porque volaban). ¿Quién mejor que ella va a entender las ojeras y pocas horas de sueño de compaginar trabajo y exámenes? Nadie.
Y Ainhoa… la pequeña Ainhoa. La chica de la sección de juegos. Un gran corazón. Unas palabras de ánimo en los días grises. La de los cigarros a la salida y a la entrada. Tan tímida cuando llegó y el desparpajo que ha ido mostrando poco a poco. Una gran compañera donde las haya.
Muchísimas gracias a todos y cada uno. Balance general de los compañeros: ¡un diez!
Encargados y jefa… habéis sido increíbles. Gracias por haberme enseñado tanto en este tiempo, por haber tenido paciencia y en definitiva, por haber hecho que me sintiera tan a gusto trabajando con vosotros. Repetiría sin dudarlo porque ha sido una experiencia muy bonita y me llevo para casa un crecimiento a título personal, muy grande. Estoy muy contenta de poder haber vivido esta experiencia y de haberlo podido hacer junto a vosotros. Os voy a echar de menos.
Mucha suerte. No voy a despedirme diciendo adiós, porque de gente como vosotros no quiero hacerlo así. Por lo tanto: ¡Hasta pronto!

lunes, 18 de enero de 2016

Más vale ahora que tarde.

Alguien enciende una señal luminosa pidiendo ayuda: "te necesito. Ayúdame, por favor".
La reacción: salir corriendo. Dan igual los motivos. Salir corriendo fue esa reacción. "Ey, que estoy aquí. Créetelo, pero igualmente voy a seguir tan lejos de ti como puedas imaginar". Más o menos así.
No tenía conocimiento de hasta qué punto pueden fluctuar las relaciones sociales. Amistad de años. Momentos vividos. Algo que nada ni nadie podía romper. Pero si. Llegó la decepción. Monstruo grande que se interpone y gana. Todo tiene límites, pero algunos infranqueables. Puedes pasar cosas por alto y te las pueden pasar a ti. Los humanos vivimos y aprendemos de los errores. Pero hay una línea muy fina que separa lo que es aceptable y lo que no. Cada uno establecemos esa línea en nuestras vidas.
Imaginad la siguiente situación: persona a la que le detectan una enfermedad importante. Le dan la noticia y se queda en shock. Tras asimilarlo, decide contárselo a algún muy buen amigo. Necesita desahogarse y no se siente con fuerza para hablar del tema con nadie más. El amigo se queda aturdido y sin saber reaccionar. Pide tiempo y se le da. Mientras, la otra persona pasa su enfermedad, se recupera y trata de recuperar su vida con los apoyos sociales existentes (resaltando que su mayor apoyo sigue sin estar porque sigue tomándose su tiempo). Cuando todo vuelve a la normalidad, aparece el amigo haciendo saber que se alegra porque todo está bien. Pero, todo está bien relativamente. Amigo, tu no estuviste cuando te necesité. Hablamos de algo importante y algo que te pedí desesperadamente. Te necesitaba y no estuviste. No supiste reaccionar y me dejaste en la estacada. Me sentí así al menos. No estuve solo, pero me faltaste y me fallaste tu, y eso hace que todo se complique mucho más. Precisamente por eso, por ser tu y todo lo que te forma, me cuesta tanto valorar esta situación y tomar una decisión al respecto. Te necesité, te lo pedí y no estuviste. Tus prioridades eran otras y permitiste que sintiera la soledad más intensa aún. Ya no te veo como antes. Todos los años vividos han cambiado por esto puntual. Ha sido un momento muy importante en mi vida. Ha marcado un antes y un después. Necesitaba muchas cosas. He tenido las mínimas. En este tiempo te he desconocido, echado de menos, llorado, buscado explicación a tu huida... Y al final, me he acostumbrado a que no estés. Y eso, me hace plantearme qué es lo que busco, qué es lo que espero y de quien lo puedo esperar. De ti esperaba, y he de decir que a día de hoy sigo esperando. La decisión final se va orientando a un único fin: finalizar la espera. Ya sea porque se produzca algún hecho o porque simplemente se deje de esperar. En cosa de dos (o de tres, o de cuatro, etc.) no manda uno solo.
Como esta situación, podría referirme a cualquier hecho importante en la vida de cada uno. Esto solo ha sido un ejemplo cualquiera que se me ha ocurrido. Lo que vengo a decir es que nadie tiene una vida perfecta. Todos tenemos problemas y satisfacciones. Todos pasamos por baches y alegrías. Pero... Pero hay situaciones más graves que otras. Podemos "no estar" ante algo nimio pero no ante algo como el ejemplo que he puesto, por ejemplo. Insisto en que es de humanos fallar pero también lo es el rectificar y asumir errores. Todos los cometemos. Y todo tiene solución menos la muerte, pero eso sí, siempre y cuando se quiera solucionar ese algo.

viernes, 8 de enero de 2016

Viaje a ninguna parte

Notaba que le faltaba el aire, que no tenía donde apoyarse, que cualquier sustento se tambaleaba, que por más que gritara nadie le oía, que por más puertas que abría, todas daban a un callejón sin salida…
Así es. Sin salida. Y eso fue lo que le llevó a dejarse caer al abismo, con la motivación del vacío existencial y la falta de ganas de vivir. Ahí estaba, entregando su vida a la nada, porque nada se sentía y no podía mirar más allá de aquello: la nada, cuando alguien le cogió, en contra de su voluntad, y le hizo permanecer un poco más en este, su infernal mundo. Ansiaba despojarse de todo sentido, hacer desaparecer el tormento que tanto pesaba, decir adiós a su cuerpo y reencontrarse con su alma, fuera donde fuese que estaba, desaparecer aquí y aparecer allí, donde fuera. Pero cayó en el intento, como tantos intentos de tantas cosas que no pudo lograr.
Con indefensión y desmotivación por los cuatro costados, siguió su camino sin rumbo y solo porque se le había impuesto continuar su andanza hacia ninguna parte. No había motivos para seguir aquí pero aquí seguía. Los fantasmas y obstáculos eran cada vez más grandes y hacían más daño. El fantasma más grande era el de la soledad, amiga fiel, acompañante aferrada a su alma, incondicional en cada vez más aspectos de su existencia.
Lo que más odiaba se había convertido en su día a día. El alma en pedazos y a rastras, con un abrigo de incomprensión, zapatos de decepción, pantalones de incertidumbre y ánimo de nada. Quizás una pequeña brisa de aliento que a saber de donde provenía. Pero así siguió, paso a paso, sin rumbo, sin un por qué, sin un hasta cuando y hacia a saber dónde. Y es que la vida es un arma de doble filo y si la sientes en contra, puede ser hiriente hasta límites inimaginables.